¿Qué ejército estás formando?

2 Samuel 2:20 – 3:1

 

En la batalla que hubo entre los de Saúl y David, del ejercito de David murieron 20 hombres y de Saúl 360, ¡una diferencia muy grande! Esto nos habla de la capacidad y calidad del ejército de uno y de otro. La Biblia nos enseña que la Iglesia es un ejército, ya que está compuesta de hombres y mujeres los cuales en esta tierra, están luchando contra las fuerzas del mal.

Pablo mismo le escribe a Timoteo y le dice: “esfuérzate como buen soldado de Jesucristo”, y si somos soldados quiere decir que somos parte de un ejército. Entonces así como en el tiempo de los reyes de Israel, que dentro del mismo pueblo de Dios existían soldados más preparados que otros, ejércitos más capacitados que otros, hoy sigue pasando lo mismo. Dentro del mismo pueblo de Dios, la iglesia que Él estableció, hay gente más preparada y capacitada que otra. Existen iglesias más fuertes que otras, y cuando hablamos de una superioridad, una capacidad, una mejor preparación, solemos pensar en números y equipamientos, que son cosas importantes, son cosas que sirven para impresionar pero no para ganar y prevalecer.

El ejército de Saúl era más numeroso que el de David y seguramente tendría más y mejor armamento, ya que era un ejército con más antigüedad que el de David, pero esto no tuvo relevancia en la batalla, ya que vemos que el ejército de David, con menos gente y menos equipamiento logró vencer haciendo estragos en su enemigo, y esto era porque tenían lo más importante, a Dios de su parte, el Espíritu Santo con ellos.

Hoy en día, tenemos el concepto de que una iglesia exitosa es aquella que tiene multitudes y está totalmente equipada en lo material y superficial. Iglesias llenas de personas y llena de la última tecnología, los mejores instrumentos musicales, las mejores sillas, climatizadores, estacionamientos y demás, es decir todo lo de necesario, a simple vista para la bendición y crecimiento de la congregación, pero a muchas de estas, y digo muchas no todas, le falta lo más importante, El Espíritu Santo afectando, obrando y transformando los corazones de sus miembros, ya que se ocuparon en conseguir lo que es bueno y se olvidaron de alcanzar lo mejor.

Así como el ejército de Saúl, a la hora de la guerra, la hora de la verdad, se darán cuenta de que lo que ellos llamaban éxito era un total fracaso para Dios.

Hermanos, no nos engañemos, Cristo no nos llamó a construir templos lujosos lleno de comodidades, que es bueno pero al fin y al cabo es superficial. Él nos llamó a predicar el evangelio, a hacer discípulos, hombres listo para la guerra, preparados y capacitados espiritualmente para enfrentar toda clase de mal que les acometa, ya que son hombres que han sido preparados, moldeados en su carácter por el Espíritu Santo.

Hagamos primero esto, ocupémonos de formar tales hombres, tal iglesia, y si queda tiempo y recurso entonces construyamos los mejores templos con los mejores equipamientos, pero no cometamos el error de hacer lo segundo sin antes lograr lo primero, porque a la hora de la verdad quedaremos totalmente expuestos.

Jesús nunca se preocupó ni se ocupó de lo superficial. Él no dejó un templo quizá porque su tiempo era corto y prefirió invertirlo en lo más importante, pero lo que Él sí dejó fue una iglesia fuerte, 12 hombres con un carácter inquebrantable y una pasión desbordante, 12 hombres que trastornaron el mundo.

Hoy congregaciones de cientos y miles con templos hermosos y el equipamiento más que necesario no trastornan ni la ciudad donde están situadas, algunas ni siquiera el barrio donde están, pero dicen ser iglesias exitosas. Ellos no tenían un templo, no tenían los materiales necesarios, pero tenían algo que a muchos les falta… Palabra, el fuego del Espíritu y pasión. Ocupémonos primero en estas cosas, después hagamos lo que queramos, construyamos los templos más grandes y hermosos, con la mejor tecnología y equipamiento necesario. Ocupémonos de lo primero y después hagamos todo lo demás.

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